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Crónica | YO QUIERO SER COMO EL SEVEN UP

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Marylee Blackman

Noviembre 26, 2019

Este texto fue producido en el Taller de Crónica organizado por Codhez e impartido por el profesor Alejandro Vásquez en 2018, seleccionado para ser publicado en El Nacional Web, como parte del seriado Los Pequeños Episodios. 

 

***

YO QUIERO SER COMO EL SEVEN UP 

***

 

Es una mañana soleada del sábado. Voy camino al barrio El Descoque, al noroeste de la ciudad para realizar una actividad recreativa con los niños de la comunidad. Llegamos y un reguetón retumba en nuestros oídos desde las cornetas instaladas en la cancha de techo alto recién inaugurada por la alcaldía de la ciudad. Nos instalamos y realizamos varias dinámicas con los niños. Lucen felices, alborotados por los encantos de disfrutar de un día solo para ellos. Va pasando la mañana y después de reposar un poco y refrescarme con un papelón con limón bien frío, me acerco a varios de niños que sentados en el piso hacen dibujos con unos creyones que han recibido de regalo. El lugar aún emana el olor a pintura nueva.

Me siento junto a ellos. Tomo una hoja  e intento dibujar algo bonito y colorido. Como una manera de entrar en confianza, les lanzo la pregunta normal de que quieren ser cuando sean grandes.

Cada uno va con las respuestas típicas de los niños: médico, ingeniero, bombero, astronauta, policía. Una de esas pequeñas voces suena firme y segura. Escucho. Yo quiero ser como el seven up. Los demás niños hacen silencio y se lanzan miradas furtivas. Me causa intriga.  Asocio esto con la bebida gaseosa y hago conjeturas sobre a qué se refiere el niño: ¿será que quiere ser transparente? ¿O refrescante? O ¿Cómo el personaje que identifica al refresco? Cada interrogante me causa gracia.

Dejo de garabatear sobre la hoja y le vuelvo a preguntar: ¿y cómo es eso de ser como el Seven up? Espero una respuesta evidente. El niño me mira con sus grandes ojos y me dice:

-Pues, quiero ser como el Seven up, porque tiene unos zapatos bonitos, nadie se mete con su mamá y todas las chamas del barrio quieren con él.

 No se refería ni al refresco ni a su personaje. No estoy conforme con su respuesta. Siento más curiosidad y decido ahondar en el tema.

Lejos del bullicio  y del reguetón que no deja de sonar desde las cornetas, abordo a Jairo el niño que dice querer ser como el seven up. Tiene 7 años y estudia 4to grado en la escuela del barrio. El sujeto a quién se refiere es el azote del barrio. Tiene 16 años recién cumplidos. Se le atribuyen 8 muertes y además es el líder de una banda de carajitos que roban y amedrentan a los residentes del sector.

Esta revelación me preocupa. Tener solo 7 años y querer ser como un delincuente es algo anormal. Corto la conversación y decido olvidar el asunto  Es día es de diversión para estos niños. Continúa la algarabía. Se escuchan los gritos por la competencia de baile que se desarrolla en la tarima. Miro a mí alrededor. En mi cabeza sigue fresca la conversación con Jairo.

El domingo es caluroso y húmedo.  Estoy recostada en el mueble de la sala de mí casa. Veo en la televisión un programa de viajes. Cierro mis ojos y deseo estar en otro sitio. Imagino estar en la playa, sentada en una silla de extensión protegida con una sombrilla. A mi lado, en la mesa tengo una cerveza bien fría. Tomo un trago. Miro al mar, veo las olas llegar a la orilla para luego desaparecer sin dejar huellas. Sopla la brisa marina y me siento feliz. El ruido de una moto que pasa por la calle a toda velocidad me despierta. Inquieta abro mis ojos, me levanto y voy a la cocina. Abro la nevera. Pienso en Seven up. Vuelve a mi mente la conversación que tuve con Jairo el sábado.

Temprano el lunes por la mañana voy camino a mi trabajo, me detengo en el puesto de periódicos al que suelo llegar por un cafecito caliente y alguna conversa. Saludo al viejo Román quién atiende el quiosco desde hace 15 años. Esa mañana se siente contento, su hija que emigró a Chile le ha depositado una buena cantidad de dinero con el que espera resolver alguna de sus necesidades de alimentación y medicinas. Mientras espero el cafecito, miro los periódicos agrupados en el piso, recién llegados al quiosco. Leo el titular de una noticia de sucesos, anuncian la muerte del Seven up, azote y líder de una banda de delincuente. Fue muerto en un enfrentamiento con los cuerpos policiales de la ciudad. Parece más bien una nota de agradecimiento a los cuerpos policiales por haber acabado con aquella plaga que mantenía en vilo a una comunidad.

 Recuerdo aquella conversación con Jairo, el niño que quiere ser como el abatido, se me hace un nudo en el estómago y una leve fatiga. Termino el cafecito, me despido de Román y continuo mi camino a la oficina, no dejo de pensar en el Seven up en Jairo, ¿seguirá pensando ser malandro?

Llego a la oficina. Apenas comienza la semana y la agitación no es normal. Sobre mi escritorio hay algunos papeles amontonados. Tengo mucho trabajo, una nota aquí, una llamada allá. Sigue la agitación a mí alrededor. No presto atención a lo que sucede y me concentro en mis asuntos pendientes. Escucho a la señora de mantenimiento quejarse porque ya no le compran cosas de calidad para limpiar. El sitio se me hace asfixiante y salgo a tomar un poco de aire. Son las diez de la mañana y ya llevo cuatro tazas de café. Miro al fondo de la taza vacía y veo el rostro desfigurado del abatido en la portada del periódico. Una vez más me dan nauseas. Llevo la taza de nuevo a mi boca, busco consuelo, pero solo hay un vacío.

Regreso a la oficina. En mi escritorio abro mi computadora. Me dispongo a terminar una nota pendiente sobre el ambiente. Un bajón de electricidad apaga y enciende con furia todos los equipos. Se escuchan varios improperios. Espero. La luz vuelve a medias. Hablo con mi jefe y le digo que voy a salir. Me pregunta si tengo listo el reporte con los datos del estudio del impacto ambiental en la cuenca del Lago de Maracaibo. Le digo que sólo me faltan unos detalles. Me voy casi corriendo con la escueta promesa de tenerlo listo al final de la semana. Antes de salir del edificio saco mi teléfono y busco el número de Belkis una de las personas que había planeado la actividad con los niños en el barrio y sin mucho protocolo le pregunto si conoce al chamo abatido. Su nombre real es Enmanuel Pernía. Fue abandonado por su madre drogadicta cuando tan solo tenía 5 años y dejado al cuidado de su padre. Era un tipo borracho que le maltrataba cada vez que llegaba a la casa ebrio. Tenía una hermana de 14 años de edad, quien era la mujer del líder de una banda de roba carros de la zona. Tras una breve charla me despido y cuelgo la llamada.

Voy de regreso al quiosco de Román por más información sobre  la muerte del Seven up

 No sabía si era morbo o simple curiosidad de periodista. O una combinación de ambas. Me comunico telefónicamente Belkis, le pregunto si sabe de alguien que me pueda dar más detalle del seven up. Pienso que Belkis debe creerme loca por tanto interés en el occiso. Me habla de un tal Alfredo que puede ayudarme 

Termino otro cafecito. Siento hambre. Miro mi reloj y marca las 11:30 a.m. Decido comer algo rápido en el venta de pastelitos de la esquina. Cuando llego al lugar me recibe un cartel de “No hay punto de venta, solo efectivo”. Mi hambre se fue y la frustración llego. Siento ansiedad y sin pensar mucho decido ir de una vez a  la casa de Alfredo. Me dirijo hacia la parada. Hay pocas personas en la cola. Espero paciente a que llegue la vans que me llevará a mi destino. Se asoma el vehículo y comienza el ajetreo de subir al carro. A  cinco bolívares el pasaje grita el colector. Sentada allí dentro pienso si será prudente llegar así, sin previo aviso. Desestimo el pensamiento. El calor y la humedad comienzan a hacer efecto. Saco de mi bolso la botella de agua que siempre llevo y bebo un trago. Siento hambre de nuevo. Saboreo imaginariamente aquellos pastelitos que no pude comer. Al ritmo de un vallenato que suena en el interior y de los gritos del colector me voy adormeciendo. La caída del vehículo en un hueco y la queja del chofer me despiertan. Veo el reloj, son las 12:20 p.m.

Cuarenta minutos después llego a mi destino. Entre empujones y sudando copiosamente me abro paso hacia la salida del transporte. Pago mi pasaje  y bajo agobiada. Prevenida de nuevo miro para todos lados y saco mi celular. Verifico la dirección que me envío Belkis por WhatsApp. Camino unas tres cuadras a la casa del Sr. Alfredo. Voy por la acera y sorteo una montaña de basura acumulada. Un perro que hurga entre los desechos se asusta y sale corriendo. Otro perro me ladra desde el techo de una casa a medio construir. A lo lejos escucho el sonido de una moto. Acelero el paso. Volteo verificando que nadie me sigue. El ruido de la moto se extingue. Llego a la casa indicada por Belkis. Me acerco a la reja principal. Está cerrada. Pienso que el hombre  no se encuentra allí. Aun así toco la reja y grito su nombre. Un loro enjaulado en el porche de la casa repite mi llamado. Vuelvo a tocar y vuelvo a llamar. El loro repite mi llamado. Doy un paso atrás para retirarme. La puerta principal se entreabre y se asoma un hombre de mediana edad. Asumo que es el Sr. Alfredo. Me identifico y después de la presentación le explico lo que busco. Me habla desde la puerta entreabierta. Duda. Me vuelve a observar. Abre un poco más la puerta y mira hacia afuera. Parece nervioso. Se acerca hasta mí. Lo observo. Es un hombre canoso. De unos 1.75 de altura y de contextura delgada. Calculo que debe tener unos 60 años. Va vestido con pantalón gris y una franela ovejita colegial. Me ve a través de la reja. Me pregunta de nuevo quién soy y lo que busco. Le muestro mi carnet del trabajo. Accede y abre la reja. Paso al lado del loro enjaulado y le hago una mueca.

Entro a la casa. Me invita a pasar a la pequeña sala. Una mesa de pantry con cuatro sillas y un sillón viejo y gastado son parte de la decoración. Las paredes son de un color rosa tenue. Al fondo se escucha el sonido de un televisor. Recorro el sitio con la mirada y mis ojos se posan sobre un viejo gavetero de latón oxidado donde reposan cualquier cantidad de fotos y recuerdos familiares.

 Siento que Alfredo me mira. Me da temor. Que hago allí. Sola, buscando información sobre un desconocido. No parecen cosas tuyas Marylee, pienso. Veo hacia la entrada, la puerta principal está abierta. Eso me da un poco de alivio. Cualquier vaina te esmollejas por ahí, me digo. Saco una libreta y un bolígrafo de mi bolso para tomar nota y me dispongo a iniciar la conversación. El Sr. Alfredo no deja de mirarme. Percibo sus nervios. Se aclara la garganta y me pregunta que quiero saber. Le hablo del sábado en la cancha, mi conversación con Jairo y los siguientes sucesos.

Se detiene. Suspira y ve hacia el infinito. Comienza a hablar y me cuenta algunos detalles más sobre la familia del niño: su mamá se llama María Isabel. Tiene 23 años y está en la cárcel por tráfico y consumo de droga. A su padre Luis le dicen el cojo. De 45 años, mecánico a medias, alcohólico a tiempo completo. Se la pasa en un antro dentro del barrio. Vive de lo que le da Enmanuel e Isabel, la hermana menor que está preñada de otro malandro del barrio.

No interrumpo su monologo. Tomo nota de lo que escucho. A ratos levanto la vista y veo hacia el gavetero. Chequeo también la puerta principal por si acaso. Habla del niño  y de cómo llego a ser líder de vándalos. Se fue de su casa. Dejo de ir a la escuela. Un malandro apodado el Peñón, se convirtió en su guía y maestro. El sujeto vivía en el barrio pero un día desapareció sin dejar rastro. Se dice que otro pram lo mandó a liquidar  por un tumbe de drogas que le hizo y como el seven up era un alumno aventajado pronto lo nombró como el jefe del territorio. Tenía 9 años cuando comenzó en las lides del crimen.

Sigue su relato: Cuando su mamá lo dejó tenía cinco años. Su voz suena temblorosa. Enmanuel va vestido con una franelilla verde oliva y un short kaki. Juega en una bicicleta reciclada que alguien del barrio le regalo en navidad.  Le gusta jugar al béisbol y volar petacas. Asiste cada tarde sin falta a la escuelita de la Sra. Maga, la cuidadora del barrio, y aunque no es un prodigio con los estudios, el niño se esfuerza por aprender. Nadie sospecha su futuro. Es  normal. Juega, ríe, llora, pelea, sueña. Como cualquier otro niño de su edad. Dejo de escuchar la voz aterciopelada. Miro al Sr. Alfredo y sus manos están entrelazadas sobre la mesa. Cabizbajo. Con sus ojos entrecerrados.

Se hace un silencio, vuelve el hambre. Comienzo a sentir un ligero puyazo en mi sien derecha. Presiento una migraña. Miro mi reloj. Son las 2:15 de la tarde. Tengo la necesidad de terminar allí la conversación. Veo a mi alrededor y mis ojos se detienen otra vez sobre el gavetero. Me muevo inquieta en la silla y hago un movimiento para levantarme e ir a dar un vistazo. Justo en ese momento el Sr. Alfredo me pregunta si quiero un café. Respondo que sí de forma automática, sin dejar de ver hacia el gavetero. El Sr. Alfredo va a la cocina y el silencio se hace aún más evidente.

Por un momento olvido que era lo que iba  a hacer. Permanezco quieta en la silla apoyada sobre la mesa de la pequeña sala. Levanto mi cabeza hacia el techo y hay un viejo ventilador que parece que caerá ante el peso de su propia acción giratoria. El ladrido de un perro en la calle me saca de mis pensamientos. Busco en mi bolso una pastilla y mi botella de agua. Me la tomo rápidamente y bebo otro trago queriendo refrescarme. Veo la botella. El hielo está casi derretido. Suena mi estómago otra vez.

Ahora escucho al hombre en el ajetreo de preparar el humeante líquido negro. Siento nervios otra vez. ¿Y sí no está haciendo nada? Pienso en el asesino de Veritas. Aquel tipo que mató a tres muchachas estudiantes de un liceo. Deja de pensar en esas cosas Marylee. Mantén la calma, me repito. La puerta principal Sigue abierta. Como una ráfaga de viento llega a mí el inconfundible aroma del café recién colado y me pierdo en su aroma. Me calmo de nuevo. Escucho los pasos del hombre. Regresa a la sala con una jarrita de aluminio golpeada por la vida cafetera y un par de tacitas de peltre. Sirve con mucha diligencia la bebida y se sienta a mi lado dejando caer su cuerpo con tristeza y cansancio. Sabroso el café, pienso. Con un toque suave de canela. El ambiente se siente sobrio. De reojo veo el gavetero que me sigue intrigando. Ambos damos pequeños sorbos a nuestros cafés. Continúa el silencio. Abro mi libreta donde había escrito la historia. Vuelvo a ver el rostro de Enmanuel. Esta vez no está desfigurado. Leo y me siento satisfecha. El puyazo en mi sien derecha ha disminuido. Me dispongo a dar fin a la entrevista. En voz baja el hombre emite un murmullo.

- La muerte de ese muchacho no fue en un enfrentamiento con los policías como dijeron los periódicos. Lo asesinaron.

Domingo por la tarde. Enmanuel está en un terreno baldío con otros niños volando petacas. Hay una competencia entre los chamos del barrio y el también participa. Palitos de madera, papel de seda y pabilo son los elementos principales para construir estas piezas artesanales. La de Enmanuel era de colores brillantes y una de las más grandes. Son casi la una de la tarde. El sol es intenso y el calor inclemente. Los chamos no paran de hablar. Discuten sobre cuál es la mejor y más bonita. Varios adultos están ahí bajo una mata de cují. Hablan sobre la falta de agua y lo caro que esta un camión cisterna. Todo transcurre en tranquilidad y sin sosiego. Es un domingo como cualquier otro.

A lo lejos se levanta una nube de polvo. Una caravana de cinco camionetas blancas sin placas se acerca velozmente al punto donde se encuentra la reunión. Frenan con premura. Se escucha el chillido de los cauchos. De uno de los vehículos se bajan cuatro hombres encapuchados, vestidos totalmente de negro. No se identifican. Portan sendas armas de fuego, apretujadas contra su pecho. Uno de ellos hace una seña y alguien se acerca. Le pregunta algo al oído. La persona señala hacia el grupo de niños que se encuentran bajo un techo destartalado de lata sostenido por cuatro palos majunches que alguna vez fue un intento de casa. Otro grupo de los hombres vestidos de negro retienen a los adultos y al resto de los niños bajo la mata de cují. Todos agachados y de espalda en silencio. Uno de ellos les habla con voz carrasposa y amenazante. Si cuentan algo les pasara lo mismo. Mantengan sus ojos y bocas cerradas si quieren seguir con vida. Los niños gimen temblorosos, los más pequeños no entienden que pasa.  Los más grandes y los adultos intuyen lo que pasará. Aprietan sus ojos. Pasa la vida por sus mentes. Piden en silencio que no les ocurra nada a ello. Que pronto acabe aquello a lo que los hombres vestidos de negro han venido a realizar. El aire es seco y cortante. El ambiente es tenso. Se escuchan  gemidos entre los retenidos.

El silencio es interrumpido por una ráfaga de disparos. Pasan segundos y se escucha otra ráfaga de disparos. Silencio de nuevo. Las petacas esparcidas por el suelo, los niños se tapan los oídos, algunos gritan, desespero, confusión. El calor agobiante silva en los rostros de los allí presentes. Hay una atmósfera de muerte inminente. Silencio de nuevo y el olor a pólvora quemada invade el lugar.

Pasan algunos segundos y se escuchan pasos agitados. Los hombres encapuchados y vestidos de negro se mueven rápidamente, unos levantan el cadáver de la víctima y otros recogen los casquillos. Limpian el lugar. No queda evidencia de lo allí ocurrido. Lanzan el cuerpo del asesinado a una de las camionetas. Se escucha la voz carrasposa que amenaza de nuevo con hacer lo mismo a quién ose contar el suceso. Abordan los vehículos. Salen rápidamente del sitio. Se levanta una nube de arena. El crujir de los cauchos. El cielo se nubla. Cae una leve llovizna. Una banda de zamuros revolotea en el cielo avisando el fatal desenlace. Los adultos abrazan a los niños. Revisan que ninguno haya sido herido. Escuchan. Esperan un momento hasta estar seguros que los asesinos no volverán. Toman a los niños y corren desesperados. Entre ellos va Jairo. Corre  con sus ojos llenos de lágrimas. Aterrorizado. Con el corazón latiendo intensamente. Limpia sus lágrimas. No ve el camino. No hace falta. Lo sabe de memoria. Otras veces ha estado allí con el seven up.

Esta noche en el barrio El Descoque no se escuchará el vallenato, ni el reguetón ni la champeta. No se abrirá la botella de Anís Cartujo que se está enfriando en la nevera de José Carmelo. No habrá partida de cartas ni de dominó en la casa de Ismelia. Solo habrá puertas y ventanas cerradas abrumadas por la inevitable noche y un desvelo asustadizo.

El canto enardecido del loro enjaulado en la entrada de la casa me sobresalta. Miro a  el Sr. Alfredo y noto que en sus ojos hay un brillo propio de quién ha llorado con disimulo. Permanezco en silencio. Otra vez el viejo gavetero. No puedo dejar de mirar hacia allá. Pido un vaso con agua. Mi garganta está seca. Ya no siento hambre y el puyazo en mi sien ha desaparecido. Mi corazón late alterado. Respiro profundo y busco calmarme. Aprovecho que aquel hombre va a la cocina por el vaso con agua. Me levanto rápidamente y me acerco al altar de los recuerdos familiares. Observo las fotos con detenimiento y entre todas ellas noto una donde aparece una muchacha muy linda con un bebé en brazos. El rostro del bebé me resulta ligeramente  familiar. Sigo pasando revista a las fotos y a las estampitas de santos que la adornan. Rosarios y oraciones completan la colección. Doy un paso atrás para regresar a la mesa y al voltear me encuentro con el Sr. Alfredo de frente. Con el vaso de agua en su mano derecha. Vuelven los nervios. Pongo cara de disculpa por la intromisión. Siguen los nervios. El me mira con rostro serio y resignado. Nos miramos fijamente. De nuevo en voz baja pero esta vez quebrada. Ese muchacho era mi nieto.

Extiende su mano y me entrega el vaso con agua. Pasa a mi lado y toma la foto de la muchacha con el bebé en brazos. La mira fijamente. Sopla el polvo que le rodea. Regresa con la foto entre sus manos. Yo le sigo. Se sienta en el sillón desgastado. Agotado. Abrumado por el dolor y por el llanto. Me quedo de pie a su lado. Espero que se calme y le ofrezco un poco de agua. Toma un trago. Ya no miro mi reloj ni siento prisa por salir del lugar. Me arropa la fragilidad de este hombre.

Aclaro mi garganta y suavemente pregunto si estuvo allí. Dice que no. Un vecino de la cuadra y su sobrino estaban allí y fueron testigos del hecho. Ambos se fueron del barrio esa misma mañana rumbo a Colombia con otros familiares.

-Ellos lo asesinaron. Lo asesinaron para quedarse con el territorio que manejaba. Fue cruel, muy cruel.

Observa la fotografía de su hija y de su nieto y sus ojos se inundan de lágrimas. Al fondo suena el ruido de la televisión. Sobre mi cabeza gira el ventilador desaforado. Sigo ahí de pie. A su lado. No soy capaz de emitir palabra alguna.

Seguramente, ahora Alfredo piensa en cómo  se sorprendió al ver a su  nieto aquel día no lejano de visita en su casa. Se quedó un par de noches a dormir. Presintió que algo malo iba a pasar al muchacho. Más cuando le pidió  que le enseñara a leer y a escribir bien.  Le expresó que estaba cansado de no poder entender lo que dice un libro que había robado de algún lugar. Le habla de la iglesia. De hacer la primera comunión y de ser bautizado como los otros niños. Alfredo no dijo nada. Solo lo miró un tanto desconcertado. No  entendió lo que pasaba con su nieto. Pero supo que ese era Emmanuel. Jamás presintió que moriría tan pronto.

Consulto mi reloj. Es tarde. Debo irme. Siento agonía por tener  que salir así y dejarlo en ese estado. Le digo un par de palabas de consuelo. Una palmada en su hombro. Me despido con la excusa de lo difícil que esta el transporte público. Salimos al frente de la casa. El loro burlón emite un chillido. Yo le hago otra mueca.  El abuelo de Emmanuel me mira y sonríe. Su mirada es serena. No hay lágrimas. Toma mi mano y me agradece. Le miro un poco sorprendida.

-Por fin alguien se interesa por saber de la vida de mi nieto. Él no era malo. Solo que no estuve cuando me necesitó.

 Comprendí que Alfredo se sentía responsable por lo ocurrido. Salgo de su casa rumbo a la parada para tomar la vans de vuelta a mi casa. Regresa el hambre. Esta vez con furia. Saboreo mentalmente alguna comida. Camino y voy viendo a los niños que juegan en la calle. Veo a Jairo que me ve y se acerca corriendo. Me abraza, le devuelvo el gesto. Me mira. Hace un ruido con sus labios. Sus ojos brillan. Suena su voz firme y segura. Escucho.

-Ya no quiero ser como el Seven up.

 Sonrío a medias. Nos despedimos con un puñito. Jairo regresa con sus amigos y siguen en su juego.

Llego a mi casa. Ya es de noche. Agotada. Adolorida. Me doy un baño. Devoro tres arepas con jamón y queso. Tomo un jugo de parchita. Consumo otra pastilla para mi dolor de cabeza. En mi cama hago un repaso del día. Pienso en el seven up, en Enmanuel,  Alfredo y en Jairo. Pongo punto final. Casi dormida me hago la promesa de hacer algo para que algún día en este mundo haya más Enmanuel y menos seven up.

 

Texto: Marylee Blackman
Fotos: Iván Ocando 

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